El verdadero costo de las elecciones en el Perú y el camino hacia la confianza digital

Lanzamiento de prensa VotoLibre, Perú 2026.

Cada proceso electoral en el Perú es presentado como una celebración democrática. Y lo es. Pero detrás de esa narrativa existe una realidad poco discutida: las elecciones en el Perú también representan una de las operaciones logísticas, financieras y administrativas más grandes y costosas que ejecuta el Estado Peruano.

La mayoría de ciudadanos asocia el costo electoral únicamente con la impresión de cédulas o la instalación de mesas de sufragio. Sin embargo, el verdadero impacto económico de una elección va mucho más allá del presupuesto visible de la ONPE, el JNE o RENIEC. Una elección moderna moviliza millones de personas, paraliza parcialmente sectores económicos completos y activa una maquinaria nacional que funciona casi como un operativo militar temporal.

El Perú no solo gasta dinero para votar. El Perú literalmente se detiene para votar.

Las Elecciones Generales 2026 representan aproximadamente S/ 1,687 millones, considerando primera vuelta, eventual segunda vuelta, operación nacional y voto en el extranjero. Diversas estimaciones periodísticas y análisis presupuestales coinciden en que se trata del proceso electoral más costoso de la historia reciente del país.

Y si se considera el funcionamiento completo del sistema electoral peruano —ONPE, JNE y RENIEC— durante el ciclo electoral ampliado de 2026, las necesidades presupuestales superan incluso los S/ 4,000 millones.

Ese monto incluye múltiples componentes:

  • impresión de millones de cédulas, actas y material electoral;
  • fabricación y distribución de ánforas, cabinas y kits;
  • transporte terrestre, aéreo y fluvial a todo el territorio nacional;
  • despliegue de personal temporal;
  • centros de cómputo y soporte tecnológico;
  • seguridad electoral a cargo de Policía y Fuerzas Armadas;
  • operación logística internacional para el voto de peruanos en el exterior.

Solo el voto exterior representa una operación gigantesca. Más de 1.19 millones de peruanos residentes fuera del país están habilitados para votar, lo que obliga al Estado a desplegar material electoral en más de 110 consulados alrededor del mundo.

Para las elecciones en el Perú 2026 se enviaron aproximadamente 33 toneladas de material electoral al extranjero, incluyendo cédulas, ánforas y documentación complementaria. Posteriormente, todo ese material debe regresar al Perú bajo estrictos protocolos de custodia y validación.

La propia Cancillería estimó que el retorno de las cédulas desde el exterior podría superar el millón de soles únicamente en costos de transporte y logística. Y cuando existe segunda vuelta presidencial, gran parte de la operación debe repetirse casi desde cero.

Pero el verdadero problema no está únicamente en cuánto cuesta organizar una elección. El verdadero problema está en cuánto cuesta detener un país entero para ejecutarla. El costo invisible: productividad detenida.

El día electoral no es un domingo normal. Es un domingo económicamente restringido. Miles de colegios suspenden actividades para convertirse en centros de votación. Empresas reorganizan operaciones. Millones de ciudadanos interrumpen rutinas laborales y personales. Comercios reducen ventas. Sectores completos operan parcialmente.

Y ese impacto económico indirecto rara vez es incorporado en el debate público.

Ley Seca: una restricción con impacto económico real

Uno de los ejemplos más claros es la Ley Seca electoral. Diversos gremios empresariales y asociaciones de bodegueros han estimado pérdidas cercanas a: S/ 320 millones solo por las restricciones comerciales vinculadas a las elecciones 2026.

Los sectores más afectados incluyen:

  • restaurantes,
  • bares,
  • turismo,
  • entretenimiento,
  • hoteles,
  • bodegas,
  • comercio minorista.

Más de 400 mil familias vinculadas al pequeño comercio podrían verse afectadas por la paralización parcial de ventas durante esos días. La Ley Seca revela además una contradicción estructural: → la restricción afecta principalmente al comercio formal, mientras gran parte del consumo migra informalmente fuera de control.

Educación detenida

Miles de colegios públicos y privados son utilizados como centros electorales. Eso implica:

  • suspensión de clases,
  • reorganización académica,
  • limpieza y mantenimiento extraordinario,
  • seguridad adicional,
  • deterioro de infraestructura.

Y el contraste es aún más fuerte cuando se recuerda que más del 57% de colegios rurales del Perú requieren reemplazo total o parcial por problemas de infraestructura.

En otras palabras:

→ el Perú utiliza temporalmente como infraestructura electoral muchos locales educativos que ni siquiera logran cubrir adecuadamente sus funciones educativas permanentes.

Horas hombre y actividad empresarial. Las empresas también absorben costos importantes:

  • permisos laborales,
  • viajes obligatorios para votar,
  • retrasos operativos,
  • reprogramación logística,
  • caída temporal del consumo.

El costo real de una elección no se limita al presupuesto estatal.

→ También incluye productividad no generada.

Una democracia analógica en una economía digital

Mientras el sistema financiero procesa millones de transacciones digitales diarias en segundos, el sistema electoral todavía depende masivamente de:

  • papel físico,
  • transporte manual,
  • validaciones presenciales,
  • traslado de actas,
  • almacenamiento y custodia documental.

El contraste es evidente.

La economía ya se digitalizó. El comercio ya se digitalizó. Incluso la identidad ciudadana comenzó a digitalizarse.

Pero la democracia todavía carga una estructura operativa diseñada para el siglo pasado. Y esa estructura tiene costos crecientes.

El voto digital: ¿utopía o inevitabilidad?

Hablar de voto digital genera resistencia inmediata. Y es comprensible. Las elecciones en el Perú no solo requieren eficiencia. Requieren legitimidad.

La pregunta no es únicamente si la tecnología puede procesar votos. La pregunta real es si la sociedad está preparada para confiar en ella.

Sin embargo, ignorar el debate ya no parece sostenible.

Un modelo de voto digital bien implementado podría reducir progresivamente:

  • impresión masiva de material;
  • costos logísticos;
  • distribución nacional e internacional;
  • paralización parcial de actividades;
  • costos de segundas vueltas;
  • tiempos de procesamiento y consolidación.

Diversos modelos internacionales muestran reducciones operativas potenciales de entre 30% y 60% en procesos digitalizados maduros.Aplicado al caso peruano, eso podría representar:

entre S/ 500 millones y S/ 900 millones de ahorro potencial por ciclo electoral una vez consolidado un modelo híbrido y escalonado.

Pero digitalizar elecciones en el Perú no es barato

Existe una idea equivocada según la cual el voto digital abarata todo desde el primer día. No es cierto. La transición requiere inversiones enormes:

  • centros de datos,
  • ciberseguridad avanzada,
  • infraestructura redundante,
  • validación biométrica,
  • identidad digital robusta,
  • auditorías independientes,
  • monitoreo permanente.

En países como Estonia, pionero mundial del voto online, el éxito del modelo no se basó únicamente en software electoral. Se construyó durante años mediante:

  • identidad digital nacional,
  • servicios públicos digitalizados,
  • confianza institucional,
  • cultura de trazabilidad tecnológica.
  • El verdadero reto no es tecnológico sino institucional.

Antes de digitalizar votos, hay que digitalizar confianza

Ningún sistema electoral digital funcionará si la ciudadanía no cree en él. La confianza democrática no se decreta. Se construye a largo plazo. Y precisamente ahí aparece un espacio fundamental para nuevas iniciativas tecnológicas de observación y verificación electoral.

VotoLibre: un primer acercamiento hacia la confianza digital

La transición hacia una democracia digital no puede ocurrir de manera abrupta. Debe ser gradual, híbrida y verificable.

En ese contexto, iniciativas como VotoLibre representan un primer paso importante. VotoLibre no busca reemplazar inmediatamente al sistema electoral peruano. Busca algo más importante en esta etapa inicial:

  • fortalecer transparencia,
  • permitir observación ciudadana independiente,
  • validar actas,
  • descentralizar monitoreo electoral,
  • construir trazabilidad pública mediante tecnología blockchain.

Antes de digitalizar completamente el voto, es necesario acostumbrar a la ciudadanía a mecanismos digitales de auditoría y validación pública.

Blockchain, por ejemplo, no elimina automáticamente el fraude ni reduce todos los costos. Pero sí aporta algo extremadamente valioso:

→ integridad verificable y auditoría descentralizada.

Y eso, en un entorno de creciente desconfianza institucional, tiene un valor enorme.

El futuro de las elecciones en el Perú no será solo tecnológico

La modernización de las elecciones en el Perú no consiste simplemente en reemplazar papel por pantallas. Consiste en redefinir cómo se construye legitimidad democrática en la era digital. Porque el problema ya no es únicamente cuánto cuesta votar. El verdadero problema es cuánto cuesta seguir operando indefinidamente un sistema electoral analógico dentro de una economía digital. Y quizás la pregunta más importante ya no sea si las elecciones terminarán digitalizándose.

La verdadera pregunta es cuánto dinero, tiempo y productividad seguirá perdiendo el Perú antes de aceptar que una democracia moderna necesita mecanismos modernos de confianza, transparencia y eficiencia.

Sebastian Berquet

Fundador de VotoLibre

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